Sabado 6 de septiembre - Monstruos buenos y flores envenenadas...















 Aquí links para seguir escuchando algunas de las canciones.... Para oir en Soundcloud tienen que apretar el triangulito naranja de Play, arriba a la izquierda, al lado del nombre de la canción.



Caramba de  O. Galíndez por Vero Rapela
A la abuela Emilia de T. Parodi por Vero Rapela
 https://soundcloud.com/vero-rapela
Acidito de A. Freitez por Cecilia Todd
https://www.youtube.com/watch?v=NkUTBzoL5V8
Caña de azúcar de G. Silva por Vero Rapela
Siempre se vuelve a Buenos Aires de Eladia y Piazzolla
Juan del Monte- y la historia del zorrito de y por el Cuchi
https://www.youtube.com/watch?v=G_mJ-ZSloIQ
Mambembe de y por Chico Buarque
https://www.youtube.com/watch?v=3k9AcE-kP9A



El poder y el costo de una solución

Hay soluciones prácticas que tienen tanta fuerza que son capaces de determinar la realidad a través del tiempo, incluso después de perder funcionalidad de forma evidente. Un ejemplo arquetípico de esto es la norma QWERTY, la que indica el modo de distribución de las teclas en las máquinas de escribir, y los teclados de las computadoras. Cuando se inventaron las primeros modelos de máquinas de escribir mecánicas tenían muchos problemas técnicos, y las piezas se trababan si uno intentaba escribir demasiado rápido, por ello buscaron una distribución de letras que limitara la velocidad de tipeo. Hoy muchos creen que el orden de las teclas responde a algún argumento vinculado a la frecuencia de uso de las letras, pero casi nadie piensa que es esta razón, absurda y antipráctica, quien sigue haciendo perder tiempo al escribir a millones de personas en el mundo.
Lo que evidentemente este standard no logró es crear naturalidad. Hace más de un siglo que usamos este ordenamiento, en un inicio en maquinas de escribir mecánicas, hoy en computadoras, teléfonos y tablets,  pero nunca dejamos de sentirlo artificioso.
En cambio, cuando alguien toca las doce teclas, blancas y negras, de una octava en un teclado musical, cree en la naturalidad de esta solución. No se le ocurre preguntarse por qué son 12 y no 18, o 36 o 163, o si existe más de una manera de afinar esa escala cromática. Aún si es un músico, es muy probable que tenga poca conciencia de cuánta discusión discurrió antes del siglo XIX, cuando se impuso (¿definitivamente?) el temperamento igual, es decir que todos aceptáramos, en el ámbito de la música occidental, que la octava se divida en 12 intervalos iguales (que llamamos semitonos), y por lo tanto los teclados tuvieran 12 teclas por octava. Dos siglos más tarde casi nadie se plantea si existen otras opciones.
Sin embargo otras culturas han desarrollado otras soluciones para afinar sus escalas, como los 17 intervalos de la música árabe o los 22 s´rutis en música hindú.
La cuestión de la división de la octava está estrechamente relacionada con la apreciación de la consonancia. En estas consideraciones hay factores culturales, pero también sabemos, gracias a la descripción física del sonido como suma de armónicos, que existe una base natural en esta percepción sensorial de cuando dos sonidos suenan “bien”. Desde aquí parece sensato pensar que al dividir la octava, esta debería tener la mayor cantidad posible de intervalos consonantes, sin embargo este desideratum, que fue el desafío de los músicos del renacimiento, generaba divisiones desiguales de los intervalos, y muchísimos problemas difíciles de describir en este espacio[1].
Ya a fines del siglo XV existen referencias en Italia a instrumentos de más de 12 notas por octava. Ramos y A. Schlick (Spiegel der Orgelmacher und Organisten, Mainz, 1511) mencionan la existencia de órganos con teclas diferentes para Sol# y Lab, y para Re# y Mib. Zarlino, el principal representante de la teoría musical del Renacimiento, es el primero en hacer referencia a un cémbalo con 19 notas por octava. Más tarde Salinas plantea un sistema de 24 notas por octava, y Mersenne uno de 31.
Y ninguno de estos sistemas era perfecto.
El sistema de afinación actual resuelve el problema distribuyendo la desafinación “democráticamente” a todos los intervalos. Podríamos describir al piano como un instrumento perfectamente desafinado desde el punto de vista de la afinación natural. No tiene ningún intervalo justo más allá de las octavas. Tratemos de explicarlo desde un ejemplo: si una persona muy afinada canta un sol sobre un do del piano, ese sol que entona (naturalmente afinado) será más agudo que el sol del piano.
Estoy segura de que muchos al leer esto se sentirán incómodos, en parte porque es complejo, pero también porque al caracterizar al piano de “perfectamente desafinado” estamos cuestionando un orden que la aceptación cultural del temperamento igual ha naturalizado. Hemos perdido la noción de que afinamos en base a un patrón, a un esquema intelectual que nos permite cambiar de tonalidad sin problemas, hacer música atonal, y tantas cosas. Está demás decir que el temperamento igual es una excelente solución, sólo pretendo agregar que no creo que sea necesario olvidar que esta elección, como todas, tiene un costo, una pérdida en niveles sutiles de sensibilidad.
Sincrónicamente, mientras escribía este artículo, y sentía que quizás la pérdida de sensibilidad que nos impone nuestra cultura es definitiva, vi Fanny y Alexander, y Bergman me hizo recuperar una dosis de esperanza. En la escena final la abuela lee a Alexander esta frase de un libro de A. Strinberg; “Todo puede suceder, todo es posible y probable. Tiempo y espacio no existen en el delgado marco de la realidad. La imaginación gira creando nuevos patrones”.


[1] Veamos a modo de ejemplo la cuestión de la “inconmesurabilidad” de los intervalos de quinta y octava: si partimos de Mib y afinamos siete octavas, obtenemos un Mib siete octavas más agudo. En cambio el círculo de 12 quintas, no llega a este Mib sino al Re#, que es más alto. Descripto matemáticamente, recordando que 3/2 es la proporción que representa a un intervalo de quinta, y que 2/1 el que representa a una octava: (3/2)12 : (2/1)7 = 531441/524288. Esta diferencia es la comma pitagórica. A esta incompatibilidad que presentaba la afinación pitagórica, la búsqueda renacentista de una entonación justa, donde las terceras también son consonancias, agregó incompatibilidades entre terceras y quintas, y entre terceras mayores y menores.

Música y repetición


¿Qué sería, al fin de cuentas, la vida si no se diera ninguna repetición? (…)

El mundo, desde luego, jamás habría empezado a existir

si el Dios del cielo no hubiera deseado la repetición. 

Sören Kierkegaard, La repetición
¿Y qué sería de la música sin repetición? Estrofas, estribillos, la vuelta a un tema, motivos que retornan, fugas, cánones, Da Capos.
Sin embargo cuando sondeaba entre músicos sobre el sentido de la repetición, la mayoría señalaba que en la música en realidad no existe. Es cierto que no hay modo de repetir una nota, ni una frase “idénticamente”. La repetición parecería ser entonces como las brujas: no creemos en ellas, pero las nombramos, y que las hay… las hay.
Barenboim en una entrevista reciente nos ayuda a comprender: “La repetición en la música no es mecánica. La grandeza de la música pasa por su carácter irrepetible. Cuando se repite algo, ya es diferente porque se pasó por ese material.”
En realidad Kierkegaard se refiere a esta idea como la dialéctica de la repetición, fácil y sencilla: “lo que se repite, anteriormente ha sido, pues de lo contrario no podría repetirse. Ahora bien, el hecho de que lo que se repita sea algo que fue, es lo que confiere a la repetición su carácter de novedad.”
Pero vayamos más allá del significado de este concepto: ¿por qué nos resulta, como señala el filósofo danés, humana y divinamente necesaria? ¿es que existe un deseo inconsciente de orden, de percibir simetrías? ¿es que quizás nos permita cierto grado de predictibilidad? ¿o es que nos da seguridad, que nos tranquiliza, y que esta estabilidad también nos permite percibir la sorpresa?
En su libro “Contrapunto”, el reconocido musicólogo Diether de la Motte, hablando de Bach, Haendel, Vivaldi y Teleman se pregunta ¿quiénes de ellos se atreven con la insistencia y sencillez de las repeticiones literales? Y nos responde con ejemplos y cifras: Teleman sostiene un acorde de Sib durante siete compases en el Furioso final de su Musique de Table. Haendel hace sonar la misma secuencia de acordes (tónica dominante tónica) nueve veces en el final del famoso Hallelujah del Messias, cuatro en el “for ever and ever”, cinco en el “Hallelujah” (hasta Beethoven no hay fijaciones tan amplias de carácter similar). En cambio en Bach no encontramos nada semejante. En palabras de de la Motte “Bach teme la repetición”. Da como ejemplo la versión que Bach hace sobre el Concerto grosso, op.3, número 10 de Vivaldi, para cuatro violines solistas y orquesta de cuerda. Allí Bach inventa seis modelos distintos de movimiento para sus instrumentos solistas, para evitar la repetición vivaldiana (5 compases y medio iguales) que le resultaba “insoportable”.
Cuántas veces aparecerá el dilema de la repetición y la variación.
El musicólogo alemán termina este párrafo con lo que yo interpreto como una verdadera confesión: que hace años su opinión decantaba a favor de la versión bachiana, pero que hoy no puede elegir entre las versiones de Bach y de Vivaldi: “no sabría -nos dice- si el tratamiento más ingenioso de Bach añade riqueza, o si, por el contrario, pone en peligro la riqueza al reducir una vitalidad que entusiasma, por el riesgo de la sencillez.”

¿Qué es la creatividad?

¿Cómo es posible la creatividad? ¿Qué es: un misterio, una paradoja? Según el diccionario crear es “hacer que empiece a existir una cosa o producir a partir de la nada”. Si fuera así, la creatividad sería imposible, nada surge de la nada.
Margaret Boden, investigadora en ciencias de la cognición, describe en su libro “La mente creativa” dos enfoques muy presentes todavía en nuestra conciencia colectiva: el inspiracional y el romántico. El inspiracional ve la creatividad como algo esencialmente sobrehumano o divino. En palabras de Platón “un poeta es sagrado y nunca es capaz de componer hasta que esté inspirado, poseído y la razón ya no esté en él... porque no es por el arte que las articula, sino por el poder divino”. El enfoque romántico, menos extremo, afirma que aunque no sea divina, la creatividad es por lo menos excepcional. Artistas y científicos creativos serían personas dotadas con un talento específico que los otros no poseen. Sin embargo, la investigación psicológica de los últimos veinte años sustenta el enfoque de que la creatividad no requiere de ningún poder específico, sino que es un aspecto de la inteligencia en general, que a su vez involucra muchas capacidades diferentes. David Perkins considera que la creatividad se basa en capacidades psicológicas universalmente compartidas tales como la percepción, la memoria y la capacidad para advertir cosas interesantes y reconocer analogías.
Las personas conscientes de sus momentos creativos suelen describir tres situaciones típicas: la cama, el baño y el colectivo. Parecería que un tiempo fuera del problema a veces ayuda a encontrar la solución. Arquímedes salió de su baño gritando “Eureka!”, porque había resuelto el problema que lo tenía preocupado durante mucho tiempo: cómo medir el volumen de un objeto de forma irregular. Un caso muy citado por los estudiosos de la creatividad, es el de Kekulé. La ortodoxia en química circulante en 1865 afirmaba que todas las moléculas orgánicas se basaban en cadenas de átomos de carbono. Sin embargo el benceno experimentalmente había mostrado que su molécula estaba hecha de seis átomos de carbono y seis de hidrógeno, y no catorce, como debería tener una cadena séxtuple de átomos de carbono. Kekulé, quién luchaba hacía muchos meses con el problema , dormitando al lado del fuego, tuvo un sueño donde los átomos saltaban, formaban filas, apareándose y retorciéndose en un movimiento serpenteante. De pronto una de las serpientes había agarrado su propia cola. Fue en ese momento que despertó y vio la posibilidad de que la molécula del benceno podría no ser una cadena, sino un anillo. Mediante este paso exploratorio, pasando de “cadena” a anillo” creó lo que Boden llama un espacio conceptual históricamente nuevo, e incluso una nueva rama de la ciencia, la química aromática.
Los compositores a comienzo del siglo XX, abandonando las restricciones tonales que regían toda la música occidental desde el Renacimiento, crearon un nuevo espacio conceptual. Schoenberg salió del espacio conceptual de la tonalidad hacia un nuevo campo regido por reglas diferentes, en el cual las ideas de consonancia y modulación (cambio de tonalidad) ni siquiera podían ser expresadas. Para hacerlo tuvo que probar y transformar la estructura del espacio musical, desarrollando nuevas reglas generativas (como, por ejemplo, reglamentar la utilización de toda la escala cromática en una pieza dada o insistir en la repetición de ciertas series de notas).
Los actos creativos generan nuevos espacios conceptuales, en los casos anteriores, para la humanidad, pero también la creatividad personal de cada individuo abre nuevas dimensiones vitales, define nuevos repertorios de acción para cada uno y para su entorno. Leía un texto de Daisaku Ikeda, un lider budista japonés, que me acercó una alumna donde dice que la creatividad significa “empujar y abrir la pesada y quejumbrosa puerta de la vida(...) Ésta no es una lucha fácil, abrir la puerta de nuestra propia vida puede ser tan difícil como abrir la puerta de los misterios del universo.” Difícil, pero posible. Por esto creo que es tan importante ser conscientes de que todos tenemos la posibilidad de desarrollar este potencial, porque nos permite pensar alternativas cuando no vemos salida, creer, desde lo individual o como parte humanidad, que otro mundo es posible e intentar crearlo.

¿Qué tienen para cantar las mujeres? (I)

Era adolescente cuando descubrí Ohos nos olhos. Sentí que Chico Buarque olvidaba por un rato su lugar arquetípico de varón para cantar un texto que sólo una mujer -abandonada– pronunciaría. Algo así como “cuando quieras volver a verme ya voy a estar rearmada, creéme. Mirándome a los ojos, quiero ver qué vas a decir,  quiero ver cómo vas a soportar verme tan feliz.” Muchas veces había oído a mujeres cantar en un tango, “angustia de sentirme abandonado y pensar que otro a tu lado, pronto te hablará de amor”. Sin embargo esto nunca me había sorprendido. Evidentemente, que una mujer aceptara el discurso masculino me resultaba natural;  en cambio, que un hombre fuera capaz de acercarse a esa vulnerabilidad y sensibilidad asignadas (y permitidas) a las mujeres,  ponerse  los "zapatos de tacón" de Penélope y cantar desde allí, no tanto.

Esta primera epifanía me llevó a buscar más canciones con ese clima, y a descubrir que no eran muchas. Me convencía cada vez más de que Chico en Olhos nos olhos,  también en Pedaço de mim, lograba descender  al infierno del abandono, con una visión diferente a la de tantas otras composiciones maravillosas como Ojalá y Nostalgias...  y que así, además, me iluminaba una búsqueda: ¿qué nos estamos perdiendo, si las canciones no muestran las partes del universo a las que los varones se asoman menos?

Pasó un tiempo, y fue un amigo quien me hizo oír Hejira y descubrir a Joni Mitchel. La Canción para Sharon, aún hoy, me arrulla en algunos momentos de desazón. Allí Joni se describe, chica, con blue jeans, escapándose a ver las bodas del pueblo, cuando el amor estimulaba sus ilusiones más que nada en el mundo. Le dice a Sharon, su hermana/amiga de la infancia, el amor es un peligro que se repite, me dirás que debería estar acostumbrada a ello, bueno..., al menos acepto los cambios un poco mejor de lo que solía. Y como final de esa carta, de ese viaje cantado, agrega: Sharon, vos tenés un marido, una familia y una granja, yo tengo la manzana de la tentación y una víbora de diamantes alrededor de mi brazo, sin embargo todavía tenés tu música, y yo aún tengo mi mirada en la tierra y el cielo, vos cantás para tus amigos y tu familia, y yo camino sobre el pasto, de vez en cuando. 
Tantas cosas me dispara esa estrofa: el costo de las elecciones vitales, las elecciones diferentes que nos alejan de seres amados, una víbora de diamantes, giras y discos que no llenan el vacío afectivo, la renuncia para criar a los hijos, la necesidad de volver a sentir los pies sobre la tierra, de recuperar el valor de cantar para los amigos. Todos temas que ocupan más espacio en las angustias femeninas que en las masculinas, sin duda...  ¿No sería bueno, para todos, que hubiera más de esto en las canciones del mundo? (continuará)


(Este artículo fue publicado en el periódico barrial El duende de San Nicolás hace varios años. Me llevó ese tiempo empezar a escribir el II, su continuará. Anoche empecé, después de escuchar a una de las varias amigas de mi hijo músico, veinteañeras que hacen canciones, y las cantan).

El poder de los sonidos

Hace un tiempo me dediqué a preguntar a familiares y amigos cuándo la música los había salvado, qué música los había ayudado alguna vez. Empecé por mi hijo adolescente, que con su precisión habitual pidió aclaraciones: - en qué sentido, mamá? sentimental? En qué otro sentido podría ayudarnos la música, pensé... Él, adivinando como tantas veces mi discurrir interior continuó: -yo me acuerdo de la melodía de los teléfonos, la nuestra es: bip bip bip cada bip, una nota diferente, o casi, porque el 8 y el 2 se repiten. Me sentí sorda... no podría reconocerla, ni reproducirla. Mi sensibilidad se resiste a los sonidos sintetizados. Mi lógica es de pulsos, no de tonos. De teléfono con disco que gira, y tarda en volver. Suspiré, me sacudí la brecha generacional e insistí: -¿De qué otra manera te ayuda?. Y me contó que le hacía bien cantar fuerte, sacar la voz, -¿por ejemplo? -alguna canción de Spinetta.. -cuál? -El tema de Pototo. Qué impacto...como uno a los quince; no todos son teléfonos y bips. Hay cosas que permanecen.
A ver, lector, te di unos segundos ¿Pensaste si alguna vez la música te rescató: una melodía, una sinfonía, una oración pagana, un mantra?
La pregunta no es fácil. En mi sondeo recibí variadas respuestas, y muchos silencios. ¿Rescatarme? no sé, la música me acompaña, no me salva, me dijo un monje zen, argentino, seguramente mucho más sabio que yo, y menos necesitado de ser rescatado. Aunque luego tomó conciencia de que cada vez que sale de su casa canta percusivamente, a lo Bobby Mcferrin, “dong bang ding di go gong”, como una especie de preparación para enfrentar el afuera. Una amiga me contó que a veces necesita caricias sonoras, y elije a Caetano Veloso. Evoco Lua de São Jorge, y confirmo que el mundo sería un lugar mucho más inhóspito sin la voz de Caetano acariciándonos. Otro amigo recordó cómo canturrear el Largo del Invierno de Vivaldi, lo ayudó a atravesar la angustia durante la operación de su madre. Hay melodías y sonidos que tienen un poder transformador, y sé que no hace falta ninguna habilidad musical especial para acceder a él.
Hace un tiempo, Ruth Viegener (artista plástica- video performer) me invito a Bariloche a dar un taller de música para su grupo de trabajo de video-arte. En un momento les pedí que inventaran una canción muy breve utilizando cualquier sonido, creando el idioma, que fuera producto de probar y jugar con la voz. Una participante, que el primer día del taller había jurado que jamás cantaría, volvió feliz con una canción muy vital, dispuesta a compartirla y pedirle ayuda al grupo para grabarla. Otra, que trabajaba con chicos con lesiones cerebrales, trajo una melodía muy sencilla, de seis notas, que era su último recurso, el infalible, cuando estos niños entraban en un estado de desesperación, y ella no encontraba cómo llegar a ellos para calmarlos. Cuando la tarareó, el efecto sobre todos fue increíble, e imposible de describir en palabras.
No hace muchos años que tomé conciencia de que esto estaba tan desarrollado en otras culturas. Mantras, ragas, sagas, escalas sagradas, sonidos para despertar chakras. En el siglo IV Jámblico narraba en uno de sus tratados que “Pitágoras consideraba que la música contribuía a mejorar la salud si se aplicaba de manera correcta”, que “había melodías para aplacar la ira, la agresividad y todos los trastornos psíquicos”.
Creo que todos los que amamos la música tenemos nuestra propia lista, más o menos consciente, más o menos mutable, de melodías y sonidos milagrosos. En la mía están el bansuri (flauta india) de Hariprasad Chaurasia, la armónica de Toots Thielemans en Affinity, el “Om Namaha Shiva” de Sheila Chandra, el segundo movimiento de la séptima sinfonía de Beethoven, la versión de Eleanor Rigby de Caetano, la voz de Ayub Ogada, Elis Regina cantando Me deixas louca. Medicinas sin efectos secundarios para las aflicciones del alma.